
Jacobo Espina tiene aires de príncipe, y parece haberse traído varios secretos de Egipto. El Price o El Cairo, el Circo del Sol en Las Vegas o Ibiza, da igual: él puede transformar cualquier escenario en una experiencia fascinante. Parece mentira, pero esta criatura de proporciones apolíneas y andares de gato persa nació en 1978 en Madrid. A los quince años ya bailaba tango y flamenco, y por una casualidad de la vida, entre clase y clase del instituto, acompañó a unas amigas a clase de danza oriental. Ahí empezó todo.
Teatro Circo Price: Pero, Jacobo, ¿cómo te decidiste a aprender tú también? No es frecuente que un hombre se dedique a hacer danza oriental.
Jacobo Espina: Claro que sí, hay muchos hombres que lo hacen. Yo aprendí mucho en Madrid de un maestro sirio, Fahd Khayali. Luego me fui a Egipto, antes de entrar en la Facultad. Iban a ser tres meses iniciales, que se convirtieron en siete. Allí mi maestro fue Suher Saki. Fue una experiencia maravillosa. Empecé a bailar en bodas; al parecer da buena suerte invitar a extranjeros a las bodas, y como yo vivía en un barrio popular, no paraban de convocarme. Me pegué unas fiestones inolvidables.
Teatro Circo Price: ¿Y qué hiciste al regresar a Madrid?
Jacobo Espina: fundé mi estudio de danza, que sigue en activo, Siwa Danza. Empecé a trabajar junto a Dalila; ella fue una bailarina de flamenco que en los 50 se fue a Teherán. Me insistía mucho en cuidar la puesta en escena, en maquillarme bien, en no ser perezoso a la hora de preparar “el envoltorio”, que al fin y al cabo sirve para presentar una técnica ante el público.
Teatro Circo Price: Y de Dalila… a Las Vegas.
Jacobo Espina: Ella había vivido quince años en Las Vegas. El mes en que fallece, me llama el Circo del Sol para trabajar en Zumanity, su nuevo show, un cabaret erótico, con vestuario de Thierry Mugler. Yo bailaba con una serpiente pitón, el primer animal que utilizó el Circo del Sol.
Teatro Circo Price: ¿Y qué tal la experiencia con la serpiente?
Jacobo Espina: Acabaron quitándomela… un día vino Pamela Anderson a ver el show, y cuando descubrió la caja tan pequeña en que vivía la serpiente, se indignó. Decidieron retirarla. Cosa que agradecí, porque pasaban los meses y la serpiente seguía creciendo, echando kilos…
Teatro Circo Price: Pero volvamos a ese Madrid de principios de los noventa, donde estudiaste Historia del Arte en la Universidad Autónoma. ¿No era un entorno muy gris después de la experiencia en Egipto?
Jacobo Espina: Para nada; yo tenía mi club de fans en la facultad. Actuaba cinco o seis veces por semana, en los garitos más lumpen. Iba acompañado de un stripper. Imagínate; bailé en Pasapoga, Om, Space, Fabrik… todas las discotecas de Madrid. Pasaba los veranos en Ibiza, en el Café del Mar. Presentaba sus discos de chill out y me llevaron a todas partes: Japón, Bélgica… me trataban muy bien.
Teatro Circo Price: Te iba a preguntar si Las Vegas te cambió la vida, pero veo que con tanta agitación, quizá no notaras la diferencia.
Jacobo Espina: Las Vegas fue un paso adelante, una profesionalización. De repente estás rodeado de un equipo impresionante, el trabajo tiene muchísima calidad. Ya no das la lata a todo el mundo para que venga a verte, otros hacen ese trabajo por ti.
Teatro Circo Price: ¿Y cómo es vivir en Las Vegas?
Jacobo Espina: Vivir en Las Vegas es como vivir en una peli. Estar rodeado de farándula día y noche; de repente encontrarte en la fiesta de Halloween de Marilyn Manson, otro día en casa de Liza Minnelli, Pamela Anderson te pide que desfiles con camisetas diseñadas por ella… la limusina nos recogía muchas veces al acabar el espectáculo porque organizadores de fiestas privadas querían gente guapa.
Teatro Circo Price: O sea, que es difícil hablar de vida cotidiana en Las Vegas.
Jacobo Espina: En Las Vegas no hay “mañana”. Es un concepto difuso. No recuerdo haber hecho muchas cosas por las mañanas… quizá una vez que fui al Gran Cañón en helicóptero.
Teatro Circo Price: ¿Qué te hizo dejar aquella vida?
Jacobo Espina: Ten en cuenta que yo había hecho ya 2.200 funciones; llevaba 5 años viviendo en Las Vegas. Había que decidir entre volver a Madrid o establecerse allí… y no me veía con cincuenta y pico en Las Vegas. Los valores vitales y de amistad son diferentes en Estados Unidos, difíciles para nuestra cultura. En Estados Unidos, si uno tiene problemas de salud o laborales, la vida te cambia rápido. Sinatra dijo una vez “Un amigo con problemas, es la peste”. Era medio broma, pero es un poco así: en Estados Unidos la amistad es fantástica cuando todo te va bien. Y luego está la costumbre de las demandas, los juicios… allí cualquier cosa acaba en los juzgados. Haciendo el trabajo que yo hago, con desnudos, con ambigüedad, es delicado. En todo caso, si hubiera sido una gira, probablemente hubiera aguantado más. Pero Las Vegas es dura de resistir.
Teatro Circo Price: ¿Y cómo fue la vuelta a Madrid?
Jacobo Espina: Al volver, noté las dificultades de la situación económica. Ahora trabajo con caballos, y encontré apoyo para poder hacerlo; pero es difícil moverlo y presentarlo. Estoy deseando presentar mi espectáculo ecuestre en Teatro Circo Price.
Teatro Circo Price: Centrándonos en ¿Pasión sin Puñales?, ¿cuál es el momento que más disfrutas del cabaret?
Jacobo Espina: mi momento con Catherine D’Lish [burlesque], es un momento muy sencillo y delicado, que ha surgido por necesidad técnica, y ahora me encanta.
Teatro Circo Price: ¿Y por qué crees que gustas tanto al público?
Jacobo Espina: El Price me lo ha puesto fácil. Son números muy agradecidos, muy bonitos. Además, cuando hablo y la gente descubre que soy de aquí, se ilusionan, pueden identificarse.
Teatro Circo Price: Hay además dos momentos en que la gente te aplaude mucho: cuando giras y giras como un derviche, y cuando empleas el látigo. ¿Por qué será?
Jacobo Espina: Las vueltas que doy proceden de una técnica sufí, son relajantes. Yo medito cuando el público está entrando. Y en cuanto al látigo… no sé, será porque se imaginarán qué podrían hacer ellos con un instrumento así [risas].